
Octubre ha llegado a la isla y con él los mares en calma y los cielos salpicados de grandes nubes blancas, como enormes bolas de guata, que llenan de rocío los amaneceres para que el campo, agotado del milagro de la vida, renazca de la ansiada hierba que ha de nutrirlo nuevamente.
Los frutales descansan. Las viñas, agotadas de tanto dar fruto, pierden sus hojas en una sinfonía de ocres mientras en el silencio y sosiego de la bodega el mosto fermenta iniciando el milagro del vino.
Al atardecer, alguna vecina con zapatillas de fieltro y bata de “guatiné” se asoma en silencio a respirar el frescor del momento. En la distancia alguien llama a su gato.
Los frutales descansan. Las viñas, agotadas de tanto dar fruto, pierden sus hojas en una sinfonía de ocres mientras en el silencio y sosiego de la bodega el mosto fermenta iniciando el milagro del vino.
Al atardecer, alguna vecina con zapatillas de fieltro y bata de “guatiné” se asoma en silencio a respirar el frescor del momento. En la distancia alguien llama a su gato.
Kike Savoie.-
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