domingo 16 de agosto de 2009

Un Cuento - El Encaje.-

EL ENCAJE por Carmen López León


Su vida era como un delicado encaje de bolillos, y la desplegaba suavemente, dulcemente, tratando de no romper, al hacerlo, la trama sutil con que ella había entretejido los hilos de su existencia con los del tiempo.

Y así, de aquel amarillento tejido, ligero y transparente, de setenta y cinco años, surgía un esplendor de volutas, hojarasca y rosas, que ella, tan primorosamente, había guardado para sí misma, lo mismo que había guardado, envueltas y ordenadas, las puntillas y las rosetas que debieron adornar el ajuar de lino y seda que quedó en su arcón.

Y ahora extendía completo el Velensiennes, porque por fin, cuando creía que podía ya concluirlo felizmente, se había quedado interrumpido; cuando la voluta final, la filigrana última, el motivo que podría coronar su labor, trabajada en el silencio de un corazón virgen, virgen de setenta y cinco años, se le había escapado de entre sus dedos, roto el hilo, y ya no era posible tejer con él el último primor.

Y así fue desgranando sus recuerdos, siguiendo aquel hilo invisible con el que había trenzado sus vivencias, desde su infancia de unigénita de cacique rural, infancia simple y monótona, de capilla y huerto, de rosario y aroma de azahar en primavera, de fiesta grande y limonada y pastas almendradas en verano, de procesión y olor dulzón de mosto en otoño, de largas tertulias oliendo a humo de leña de algarrobo en invierno.

Infancia feliz y despreocupada que sugería un trazado de redecilla simple en su encaje de niña, tan solo salpicada, aquí o allá, de alguna blonda.


Continuaba, luego, con el tejido complicado, difícil, angustiante de la Guerra Civil. El padre, el héroe, el seguro y prepotente, ahora acorralado, escondido, cobarde ante la fuerza de la justicia popular impuesta por aquellos que le habían adulado servilmente sólo unos meses antes.

Huidas, miedos, destrucción y muerte, y su vida, su encaje, trabajado a sobresaltos y ansiedades, continuaba en la ciudad, convertida en un paseo eterno por la Explanada de palmeras, junto a su madre, ya por siempre enlutada y severa.

Ya no azahar en los huertos, ni mosto en el lagar; rentas exiguas que llevaban a través del único aparcero fiel que cada medio año visitaba el entresuelo triste, con sus espejos de pátina oscurecida, su reloj ya sin hora, con varillas eternamente inmóviles en su esfera de nácar, y el terciopelo ajado de las cortinas bermejas casi siempre corridas.

De nuevo el encaje simple, sin filigranas, de apariencia e inocentes mentiras que a nadie podían engañar, a la espera del galán, trasnochado, que su madre aguardaba, cada día, en aquellos café de ciudad provinciana junto al mar, con el sabor dulzón de las pastas de té en los interminables crepúsculos de malva y rojo.

En apariencia por la Calle Mayor, siempre correcto, siempre impecable, siempre caballero al antiguo estilo.

Y otra vez en el encaje se enredaron los palillos, y las guirnaldas de rosa y laureles se convirtieron en coronas de aliaga y zarzales.

Alguien trajo el rumor, y después se extendió, y se hizo ya un clamor en el silencio de la siesta de la Calle Mayor.

El mundo del Casino, ruleta y bacarrá, el terrible devorador de haciendas, de los mejores patrimonios del término, de las heredades más fértiles, de los florecientes cultivos, ocupaba el tiempo de su apuesto galán.

Y la madre se enlutó de nuevo, y la casa se cerro a cal y canto, y volvió el paseo de la Explanada y el terciopelo carmesí del saloncillo a tejerse en su vida, una vez más en un encaje simple y siempre repetido, de cenefa monótona y sabida.

Pero el hilo dorado de unos cabellos rubios y los azules de la mirada tierna de unos ojos siguieron, secretamente, entrelazándose, y creando, de vez en cuando, fantasía de guirnaldas atípicas entre el dibujo, siempre idéntico de aquellos palillos, dóciles a los dedos que iban quedando secos, asarmentados, inhábiles para cualquier caricia, sin tacto para la ternura de una piel, sin respuesta a otros dedos, a otras manos.

Los negros hilos de la tristeza áspera y dura de su madre fueron entonces de chantilly negra que ahoga cualquier otra fantasía de juego en los palillos que ahora cruzaba y entrecruzaba con la misma ritmicidad que pasaban las horas, los días, las estaciones y los años.

De pronto, se acabo el hilo negro en sus calados, su madre había abandonado ya la trama y se sintió, por fin, sola con todos los bolillos en sus manos.

Podía trenzar y destrenzar a voluntad, podía entrelazar a su capricho, podía crear ya punto de Flandes y de Brujas, sin mundillo ni alfileres, incluso.

Y buscó los hilos de oro que se habían tornado de un blanco plateado, y los hilos de azul que eran un poco grises y velados y no le importó incluir en el encaje la locura de formas nunca imaginadas, la novedad de símbolos que no conocía, el sueño tanto tiempo acariciado.

Y ante aquel intrincado laberinto de sus randas, creyó llegado el momento, a sus setenta y cinco años, de dejar de tejer, de vivir al fin sin hilos, sin palillos, sin muestra, sin modelo.

Había al fin doblado la eterna labor de su existencia, olvidándose al fin de su tejido.. pero el hilo de plata se rompió en mil pedazos y el azul se oscureció de golpe a golpe de guadaña.

Por eso me traía ahora aquel encaje, lo desplegaba ante mi tan cuidadosamente, día a día, para no deteriorar su gastado enrejado; señalaba con su huesuda mano cada voluta y cada forma, y me pedía de dónde podía sacar ya un poco más de hilo para seguir tejiendo.

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